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El Desafío de Aprovechar el Momento

Por: Dr. Adrián Vera

La historia económica argentina guarda una estrecha relación con el devenir del desarrollo agropecuario. Así, hemos transitado etapas con distintos enfoques de políticas sectoriales, las cuales han arrojado diferentes resultados. Desde una visión de crecimiento del sector se puede señalar, muy esquemáticamente, cuatro grandes etapas: (a) desde mediados del Siglo XIX hasta 1930, (b) desde 1930 hasta 1965, (c) de 1965 hasta finales de la década del `80 y (d) desde entonces hasta el presente.

La primer etapa se asocia al modelo agroexportador, de fuerte crecimiento, con una Argentina ?granero del mundo?, y con indicadores que situaban a nuestro país entre los más avanzados a nivel mundial junto a Europa Occidental, Estados Unidos, Canadá y Australia. La segunda etapa, se asocia al inicio de un período sustitutivo de importaciones, en el cual ante la creencia de la existencia de una tendencia secular o continua al deterioro de los términos de intercambio, se promovieron políticas internas que desincentivaron la producción agropecuaria. En este período el volumen de las cosechas se mantuvo con una ligera tendencia descendiente y la tasa de crecimiento de la economía se retrasó respecto de los países con los cuales habitualmente se la comparaba. En la tercera etapa la producción agropecuaria comenzó a crecer lentamente para así llegar a la cuarta y última, en la cual la producción agropecuaria creció a la mayor velocidad jamás registrada en nuestro país.

El presente se vislumbra quizás como una nueva etapa. El mundo nos pide que produzcamos cada vez más y los países importadores de alimentos están reduciendo sus barreras al ingreso. El indicador más claro de estas tendencias es el precio que han alcanzado recientemente los commodities.

Los principales drivers detrás de la suba de los precios agrícolas pueden agruparse en tres grandes grupos: (1) shocks negativos de oferta: problemas con las cosechas explicados en causas climáticas; (2) cuestiones estructurales y macroeconómicas: crecimiento poblacional y del ingreso disponible en los países en desarrollo (cambio en las dietas), precio del petróleo y su incidencia en los costos de los insumos y del transporte, depreciación del dólar, crisis en el sistema financiero y creciente componente especulativo en los mercados de commodities; (3) política agropecuaria y de comercio: restricciones a la exportación y política energética (biocombustibles).

Así, la coyuntura actual se presenta como un gran desafío: aprovechar en su máxima expresión los altos precios de los commodities agrícolas minimizando los impactos negativos que eventualmente se generan en la economía en su conjunto. Para ello es importante leer correctamente el presente con el fin de instrumentar los mejores mecanismos que permiten alcanzar dicho objetivo.

Al momento de diseñar instrumentos de política pública se debe prestar especial atención ya que con el fin de lograr cierto objetivo se puede obstaculizar los esfuerzos por conseguir otros o, incluso, afectar los inicialmente planteados si es que el instrumento elegido no fue el adecuado.

En este contexto, en los últimos meses el gobierno nacional ha modificado sustancialmente el marco regulatorio en el cual se desenvuelve el sector agroindustrial. La cuestión es que para alcanzar los objetivos propuestos, sean estos cuales fueran, no basta con modificarlo, sino que además debe ser aquel que permita recorrer el camino para llegar a cumplirlos.

Así, el sistema comercial que ha actuado exitosamente en los últimos 18 años se modificó sustancialmente lo cual redundó en altos costos de transacción para toda la cadena agroindustrial. De este modo, el país corre el serio riesgo de perder mercados al tiempo que los productores reciben menos ingresos por su producción. Una salida del tipo todos pierden es un resultado subóptimo en un contexto mundial favorable como no se recuerde en nuestra historia.

La creciente conflictividad entre el sector agroindustrial y el gobierno permite inferir que las modificaciones realizadas en la normativa no gozan de mayor consenso. Asimismo, los resultados tampoco son alentadores: reducción en la oferta triguera, lechera y de carne vacuna, reducción en el ritmo de incorporación tecnológica, y niveles decrecientes en las expectativas acerca del futuro.

Resulta muy difícil, más allá de ideologías o posiciones políticas diversas, suponer que los obstáculos al aprovechamiento del marco descripto, se vayan a prolongar en el tiempo; fundamentalmente porque los costos de todo orden que provocó el conflicto con el campo, tienen que haber sido una muestra suficiente para que se arbitren los mecanismos necesarios que eviten nuevas confrontaciones con el sector.

No es cierto que exista un dilema entre aprovechar el favorable contexto externo y la evolución del país en su conjunto. La cadena agroindustrial argentina es parte fundamental en la solución de los problemas socio-económicos nacionales. El camino sustentable hacia el desarrollo es la creación de trabajo genuino en todo el ámbito geográfico, única forma de lograr crecimiento con equidad.

El desafío será entonces generar las mejores políticas que permitan aprovechar el momento. Así, se promoverá la creación de más y mejor empleo, se incrementará el valor agregado por cada sector y se generarán las divisas necesarias para la economía. Si lo anterior se cumple, en esta quinta y nueva etapa podremos enfrentar los nuevos desafíos con una salida del tipo todos ganan.

 

Medio: Revista Fortuna





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